SANTO DOMINGO, República Dominicana.-Estas elecciones cierran un ciclo que comenzó con la muerte de José Francisco Peña Gómez (1998).
En ese tiempo se debió consolidar un desarrollo económico sostenible, una democracia con partidos e instituciones sólidas, y un mayor bienestar colectivo, pero nuestros actores fundamentales han sido incapaces de superar la desaparición de los liderazgos tradicionales, y de resolver los problemas de la transición hacia una sociedad más abierta.
Las elecciones dominicanas son el reino de los rituales vacíos, atiborrados de símbolos superficiales, con imaginarios de vida corta, que mueren y se esfuman al poco tiempo de iniciarse cada gobierno.
No hay ideas ni propuestas sólidas. Todo se agita, pero nada cambia. Desde 1978, nos acostumbramos a que cada proceso electoral culminara en una alternativa decisiva, que nos abriría las puertas de la democracia y de la modernidad.
Después de grandes decepciones, ya no estamos en la encrucijada de elegir el menos malo. Las presentes elecciones representan una fatiga colectiva, por la repetición ad nauseam de los mismos estereotipos. Estamos constreñidos a elegir entre tres males.
Votamos por Hipólito Mejía para salir de Leonel Fernández, manchado por el PEME. En el 2004 votamos por Leonel para acabar con la vulgaridad y el descalabro ético e institucional de Hipólito.
La coyuntura apunta a que Leonel volverá al poder, a pesar de haber realizado un pésimo gobierno. Las encuestas revelan que ha habido un mal manejo de la economía, y el 98% percibe que hay corrupción en la actual administración.
La explicación de que Leonel sea el candidato puntero hay que buscarla en la falta de oposición. Situado frente a un PRD con un candidato estático, salpicado de corrupción, y un partido Reformista agónico. La estrategia antidemocrática del partido oficial, que apela a la nostalgia balaguerista de que estamos situados frente a un vacío, concita adeptos en una sociedad que está al borde del abismo.
Leonel ha desperdiciado dos oportunidades para hacer cambios fundamentales. Es muy probable que sea de nuevo presidente, con el agravante de que su modelo político, fundamentado en un populismo mediático, tiene como referencia un país irreal y un auditorio pasivo, insuflado por el exceso de propaganda. De nada servirá la manipulación mercadotécnica oficialista frente a los desafíos de la economía nacional e internacional.
Ese momumentalismo de Leonel produce una luminosidad aparente, casi cegadora, que estimula la reverencia. Los signos opulentos del poder generan súbditos que opacan la legitimidad democrática y la vocación ciudadana. Su política errática de inversiones públicas será el fin de la suerte de Leonel Fernández.
Aunque triunfe en las elecciones, no podrá detener las fuertes tensiones sociales que se avecinan. Por otra parte, el PRD se parece mucho a los peronistas, de los que Borges dijo: "No es que sean buenos o malos, es que son incorregibles”.
El partido blanco ha gobernado en tres ocasiones, en las que su siguiente administración resultó peor que la anterior. Hipólito Mejía nos sumió en la vulgaridad y la corrupción, y destruyó la poderosa maquinaria que dejó Peña Gómez.
El PRD se presenta con un candidato sin carisma, incapaz de superar el tradicional voto duro del partido y que no tiene el control de la organización. El partido está en manos de Hipólito, a quien el gobierno reconoce como único interlocutor. El gobierno acude donde “papá”.
El Partido Reformista representa la mediación más degradante de la política dominicana. Su candidato, sin condiciones ni méritos para ser un hombre público, se ha nutrido de la corrupción para crear una maquinaria caciquil cada vez más agotada por los efectos de una campaña costosa.
Leonel lo desangra de militantes y dirigentes, socavando también sus postulados ideológicos, esperando una negociación ventajosa después de la primera vuelta. El PRSC no sólo se encuentra en un estado de putrefacción, sino que es altamente contaminante para los otros partidos.
Ante este cuadro desolador, se presentan opciones minoritarias, sin capacidad de convertirse en alternativas reales: Candelier, que apela al modelo desfasado de la mano dura, método incapaz de resolver la complejidad de nuestra crisis; Eduardo Estrella, que todavía apela a las bondades de Balaguer como supuesto buen administrador, para seducir parte del electorado reformista; la candidatura minoritaria más importante es la de Guillermo Moreno, que cuenta con una hoja de servicio público y una capacidad intelectual incuestionable.
Guillermo Moreno tiene la tensión de sucumbir ante una izquierda paleolítica como la dominicana, quedando atrapado en una definición generalizada de lo que es la izquierda latinoamericana hoy.
Si Guillermo Moreno logra sacar una relativa votación, su futuro político podría ser prometedor.
La sociedad dominicana tiene que trascender el cortoplacismo que produce la efervescencia electoral para entender que estamos en un proceso de autodestrucción social generalizado por los efectos de un sistema político ineficiente y carcomido por la corrupción.
La clase política controla todas las instancias del Estado para nutrir el clientelismo. Los grupos económicos sólo piensan en acomodarse con el gobierno de turno ante los miedos que les produce la globalización.
La jerarquía católica actúa como soporte fundamental de este sistema político inequitativo, garantizando los privilegios que le otorga el Estado, y sosteniéndose como la religión hegemónica, mientras la sociedad va camino a la catástrofe.
Recientes experiencias electorales enseñan que tenemos una democracia fragmentada, con una legitimación de origen basada en el sistema electoral y una legitimación de ejercicio que socava las aspiraciones ciudadanas ante el patrimonialismo de los gobernantes.
Necesitamos regular la clase política, civilizar al empresariado, desarrollar una cultura laica y democratizar a los sectores mayoritarios, incorporándolos en la distribución de la riqueza, y fortalecer el estado de derecho. Si no, estamos condenados a la pesadilla del eterno retorno de lo mismo.
(*) Este trabajo del abogado y politólogo Pedro Catrain fue publicado en el semanario impreso CLAVE, en su edición No. 113.