Si nos fuera posible alejarnos un poco de nuestra propia realidad para mirarla como venidos de otra galaxia. ..Si fuera posible salirnos del ruido y la agitación compulsiva a que estamos sometidos… Si fuera posible cambiar el CD mental de pensamientos negativos y más aun catastróficos, por uno más inocente y confiado en lo creativo… Si fuera posible darnos cuenta que parte de la violencia que sufrimos es permitida por nosotros mismos y peor aún hecha a la medida y empacada con moña para regalarla a los otros…
“De la abundancia del corazón habla la boca” dice el refrán. Oí decir a una amiga recientemente a propósito de la obra de Junot Díaz “es que así hablan nuestros jóvenes”. Y yo me digo que tiene razón, en parte. Muchos jóvenes se expresan así, violentamente; porque han estado sometidos a mucha violencia desde su propio hogar hasta el espacio cultural amplio. Entonces, no hay que escandalizarse ni sacárselo en cara, pero sí hay que leerlo con los oídos y el corazón abiertos.
Una cosa es que la violencia tome la palabra y la reduzca a repetidos quejidos de animal herido y la otra muy distinta es que la palabra agarre la violencia por sus ovarios y la haga cantar su dolor. Ivonne Bordelois en su libro “La Palabra Amenazada” advierte que cuando la violencia se apodera del lenguaje se tiene la reiteración del insulto, que en nuestro país oscila desde el dizque inocuo vaina o bolsa, pasando por el desgraciao e hijo de la gran p… y llegando al mama …. y ladronazo.
A mi juicio el libro “La breve y maravillosa vida de Oscar Wao” pretende asaltar la violencia. La vida de cada uno de los personajes está plagada de hechos violentos: opresión, persecución política, abuso, exclusión, exilio involuntario (el de la pobreza). El vocabulario soez y rudo se corresponde para exorcizar la violencia nombrándola. Así mismo es de violento el fukú que como tal es la negación de la libertad que en el fondo es la violencia extrema.
La cultura del corre corre, del hablar mucho y no decir nada, de la música ensordecedora que se impone en cualquier ambiente y en todas las esquinas, es violenta. La mayor parte de estas cosas no son escogidas por ti, sino que son impuestas y tienes que tolerarlas para no lucir antisocial o desfasado.
El sosiego y la paz del hogar significa con cada vez más frecuencia sentarte frente al televisor. Este aparato te presenta opciones a la violencia callejera que supuestamente deben devolverte la calma. “No me hablen ahora que vengo muy cansada del trabajo”. La televisión te muestra análisis políticos donde con frecuencia se insulta al contrincante. Anuncios comerciales repetitivos que te muestren cuántas cosas te faltan por comprar. Predicadores que te llaman a conversión con un tono de voz y un vocabulario violento en fondo y forma, una telenovela que te hace chocar violentamente con tu realidad cotidiana.
Alternativa: el silencio y el diálogo que de él emerge. En el silencio se cultiva la intimidad con uno mismo que es la madre de la intimidad con el otro. Atentar contra el silencio es poner en riesgo la creatividad, la amistad, la poesía, la belleza. Bordelois asevera “la cultura contemporánea destruye el silencio, que es la condición primera y fundamental de la palabra genuina, la que viene de lo necesario y lo íntimo y no es simple resorte de respuesta mecánica.”
La escuela en su misión de educar, está llamada a crear movimientos contracultura al percatarse que la cultura vigente atenta contra el núcleo vital del ser humano: su individualidad, su creatividad y su capacidad de encontrarse con otros para crecer y regocijarse con la vida. Los maestros pudiéramos dialogar más con nuestros alumnos, invitarlos a ser críticos respecto del lenguaje usado y sus significados más profundos.
El ámbito escolar puede ofrecer más oportunidades de expresión oral y escrita de los sentimientos, donde el lenguaje contribuya a comprender y la palabra tome por asalto a la violencia. La escuela puede y debe enseñar el silencio como condición necesaria para el autoconocimiento, el cultivo del pensamiento crítico y el quehacer creativo. De esta y otras maneras podemos acometer la ola de violencia que amenaza con arrastrarnos en su remolino.