Trujillo fue un absoluto hegeliano. Toda la realidad partía de él, y el desenvolvimiento de la historia era su forma de desplegarse en el tiempo y en el espacio.
Lo inverosímil de la “Era de Trujillo” no fue la espiral de la violencia política, porque ésta ya cabalgaba en la historia, sino el hecho de que la suficiencia triunfante del tirano tejió una mitología sobre la naturaleza divina del poder, a la que redujo todas las manifestaciones de la autoconciencia.
Fueron sus hazañas milagrosas, sus símbolos relacionados con la historia reciente, sus claves inscritas en la lisura del misterio, sus combates solitarios, su signo de amparo; los que se impusieron como ideología en la sociedad. No había un sólo acto de la vida de relación social que no estuviese mediado por la presencia intimidatoria de la imagen del tirano.
Joaquín Balaguer Ricardo es una larga noche subjetiva, con salidas inimaginables y síntesis imprevisibles, que condescienden a la inalterable naturaleza de un ser inmortal. Pero toda su relación con el mundo es de índole sarcástica.
¿No es él, acaso, la imagen invertida de un hombre inmutable, que atraviesa la perversidad de la historia como si el poder, la varita mágica de su inmortalidad, fuera su segunda naturaleza?
¿ No es él, acaso, el ser providencial que flota en el torbellino de las pasiones, más allá de su felicidad como de su dicha?
¿Quién no sabe enorgullecerse de esos trazos dudosos que fue dibujando su vida, liberándonos del riesgo de la duda, porque él decidía por nosotros; viéndolo ovillado a la obligatoriedad de reproducirse a sí mismo, importunado por el gestuario de la burda existencia cotidiana, saltando siempre del terror al encanto?
¿No es él, como el Dios de los místicos, la suma de todos los atributos posibles?
Los paradigmas de nuestros políticos contemporáneos no tienen ninguna otra referencia que no sean esas dos. Y el mejor escenario para reconocerlo son las campañas electorales.
Leonel Fernández es ahora mismo un ser alado que viene a salvarnos, y que cuando las cosas se ponen graves, simula reemplazar la política por la Nación.
Ese gusto por la sutileza de la imagen lo clava en el centro de una euforia magnífica que lo convierte en Dios. El rostro elevado hacia una luz sobrenatural que lo aspira, lo transporta a las regiones de una humanidad superior.
Él finge estar por encima de toda la degradación que vivimos a diario: la corrupción, la injusticia social, el hambre, la miseria moral que nos agota. Y, como si no tuviera nada que ver con eso, viene a salvarnos.
Lo mismo de Miguelito Vargas. Su imagen es la de un redentor, un modelo de éxito que convoca a lo sublime. Allí todo es eufórico (“…Igual que llegó Miguel”), noblemente fijado sobre el éxito, como para extraer fuerza de un bello sueño.
La política dominicana toma a sus correligionarios por ingenuos, pero de lo que estamos harto es de esos paradigmas, de tantos seres superiores que sobreindican la intención de salvarnos en el espesor mismo de la mentira.