Las guerras tienen un coste económico al que hay que añadir los demás costes, políticos, en vidas humanas, en problemas psicológicos, en destrucción material y de oportunidades vitales para las personas víctimas de las mismas. Los que desencadenan una guerra lo hacen, muchas veces sin tener en cuenta y, sin importarles, las consecuencias que provocará el hecho bélico.
Si la decisión de ir a la guerra, se tomara en función de un cálculo racional, se valoraría, el coste-beneficio de la misma. Básicamente, si las ventajas de ir a la guerra traen más ganancias que inconvenientes y pérdidas. Esto, claro está, es más importante dentro de sistemas políticos basados en la elección periódica de los gobernantes donde, de una forma u otra, al menos cada cuatro anos se rinde cuenta ante el electorado.
Cuando Bush tomó la decisión de ir a la guerra en Iraq y ocupar ese país, trató de buscar una serie de justificaciones para ello. Expuso que Iraq tenía armas de destrucción masiva (ADM), que tenía connivencia con Al Qaeda, y que era una amenaza para los EE.UU.
En las discusiones previas al inicio de la guerra, se demostró que no había pruebas de que Iraq tuviera esas AMD, que el gobierno de Iraq no sólo no tenía lazos con Al Qaeda sino que esta organización tenía al régimen de Bagdad como un enemigo por su relativo secularismo, y ningún servicio de inteligencia digno de ese nombre, ni ningún analista internacional documentado, pensó nunca que Iraq pudiera ser, ni remotamente, una amenaza para EE.UU., y ni siquiera para su estado proconsular –o viceversa, como dicen algunos- el Estado de Israel.
Bush expuso su doctrina de intervencionismo militar unilateral basado en el interés nacional exclusivo de EE.UU., al margen de cualquier norma internacional, y colocó a ese país fuera del Derecho Internacional Humanitario, fue a la guerra en contra del Derecho Internacional Público y de las decisiones de Naciones Unidas, y fue seguido en esta decisión, solamente, por los que antiguamente se denominaban, “estados satélites”, y en la UE por el gobierno de Blair, de Aznar y de Polonia.
En este mes de marzo se cumplirán cinco años del inicio de la guerra de Iraq y los Estados Unidos siguen allí, cumpliéndose los peores pronósticos de varios generales de ese país y algunos británicos, que señalaban las enormes dificultades, no de derrocar al régimen de Hussein, sino de poder mantener una ocupación en ese país con tropas de infantería y de evitar que Iraq se dividiera y fuera a una desmembración y a un conflicto entre sus diversos grupos étnicos y religiosos.
Por tanto, la profecía se cumplió: EE.UU. se ha empantanado en Iraq, ha llevado el caos al país, y de paso, la región es menos estable que antes, y el prestigio de los Estados Unidos en el mundo nunca ha estado más bajo, según los estudios de la opinión pública mundial realizado por agencias y fundaciones de ese mismo país.
El desprestigio interno de los que llevaron la guerra a Iraq es tan grande, que el presidente Bush dejará la Casa Blanca con un índice de popularidad por debajo del 30%. Se irá de la Casa Blanca como su peor inquilino y como el presidente más impopular que ha tenido ese país, además, ello debería servir de ejemplo de a lo que puede conducir a un país las ideas del neoconservadurismo.
He aquí, que a todas las informaciones que han salido a la luz sobre la guerra de Iraq, sobre las mentiras de Bush, de Blair, de las torturas, crímenes, violaciones a los derechos humanos, e incluso negocios sucios para algunos de los miembros del circulo presidencial, se viene a unir un estudio que arroja luz sobre el verdadero coste económico de la guerra de Iraq y sobre las consecuencias que ese gasto económico tiene sobre la actual situación de crisis económica en los Estados Unidos:
Durante dos años, el premio Nobel de economía, Joseph Stiglitz, junto a Linda Bilmes, se han dedicado a investigar cuál es el coste real de esa guerra. El punto inicial de esa investigación fue la extrañeza ante la información de la oficina de presupuesto del Congreso que estimaba el coste de la guerra en una cifra del orden de los 500 billones de dólares. Esta estimación le pareció tan baja que no la creyeron y decidieron investigarla. El resultado es un libro que saldrá oficialmente el día 3 de marzo a la venta con el título de “The Three Trillion Dollar War.The True Cost of the Iraq Conflict” (La Guerra de los tres trillones de dólares. El verdadero coste del conflicto de Iraq).
El coste de la guerra según esa investigación alcanza la suma que da título al libro, tres trillones de dólares, una suma inmensa, pero, téngase en cuenta que este ha sido el coste solamente para Estados Unidos. Para Stiglitz a esa cantidad habría que añadir una suma similar como el coste que ha tenido para el resto del mundo, incluido el aliado incondicional de Bush, el Reino Unido de Blair.
El coste de las operaciones militares en Iraq en cinco años (sin contar el coste futuro del cuidado de los heridos), es mayor que el coste de 12 años en Vietnam, y el doble del coste que tuvo la Guerra de Corea. EE.UU. se gasta 16 billones de dólares mensuales en Iraq y en Afganistán – sin contar los gastos regulares del Departamento de Defensa. Para tener una idea de lo que esta suma representa téngase en cuenta que este es el presupuesto anual de la ONU.
¿Qué se hubiera podido hacer con esos tres trillones de dólares gastados en la guerra de Iraq? Se hubiera podido pagar la construcción de de 8 millones de casas, pagar 15 millones de profesores de escuelas públicas, costear los gastos de salud para 530 millones de niños por un año, o dotar de becas universitarias a 43 millones de estudiantes. Se hubiera podido resolver el problema de la seguridad social de EE.UU. por cincuenta años.
También, la guerra de Iraq ha servido para que hayan desaparecido grandes cantidades de dinero, como los 8.8 billones de dólares del Fondo de Desarrollo para Iraq durante el gobierno de la llamada Autoridad de la Coalición Provisional que dirigía Paul Bremen, de los que nunca se ha sabido a donde han ido a parar.
Hay hechos curiosos, como las contrataciones de guardias de seguridad privados con sueldos anuales de 400 mil dólares (algunos acusados de asesinatos y torturas), mientras que los sueldos de los soldados son de alrededor 40 mil dólares anuales.
Pese a la defensa teórica del libre mercado por la administración Bush, ésta no ha hecho concursos públicos para otorgar contratos en Iraq sino que los ha otorgado directamente sin competidores, como es el caso de la compañía Halliburton, de la cuál han sido gerentes altos cargos del círculo presidencial. A Halliburton se le han otorgados contratos directos por un valor de 19.3 billones de dólares.
Pero algo aún más espeluznante es la manera en que el círculo de Bush fue a la guerra. Normalmente las guerras se pagan con impuestos, así ha sido siempre. Con Iraq fue diferente, en el momento de hacer la guerra Bush hizo un recorte de impuestos. ¿Cómo, pues, obtuvo los fondos para la misma? A través de préstamos a un interés de doscientos billones al año, de manera que para 2017, esto puede representar otro trillón de dólares.
De manera que, aunque los estadounidenses y el mundo entero tengan la dicha de que Bush deje la Casa Blanca dentro de nueve meses, las siguientes administraciones americanas y generaciones de ciudadanos de ese país tendrán que seguir pagando la deuda de guerra por él contraída.
Otro coste de la guerra de Iraq es el aumento del precio del petróleo, que ha pasado de 25 dólares el barril a más de 100 dólares, siendo los únicos beneficiarios las compañías de petróleo y los países productores. Se argumentaba que con el control por los EE.UU. de los pozos de Iraq tendríamos petróleo barato y algunos, cínicamente, veían en esto un motivo para justificar esa guerra, pues bien, estamos peor que nunca. Salvo los accionistas de las compañías petroleras.
Stiglitz y Bilmes señalan que el alto precio del petróleo tiene efectos directos sobre el presupuesto de las familias, de las ciudades, de los presupuestos estatales, y han llevado a una disminución del PIB de los EE.UU. Asimismo, la subida de los intereses de prestamos hipotecarios provocaron que cientos de miles de norteamericanos no pudiesen pagar sus hipotecas, produciéndose el tsunami hipotecario que ha llevado al país a una recesión económica, e incluso, en el Reino Unido, a la bancarrota del principal banco de préstamos hipotecario el Northen Rock.
La conclusión que se puede sacar de todo este asunto es que es falso que la guerra sea buena para la economía. Cuando las economías del mundo occidental se encuentran en una situación cercana al pleno empleo, el dinero empleado en producir armamento es un despilfarro. Lo mejor es invertir en educación, infraestructuras, investigación, salud, y todo ello producirá ganancias a medio y largo plazo.
Además, el alza del precio del petróleo –una consecuencia de la guerra de Iraq- ha tenido efectos devastadores en los países en desarrollo. Según un estudio de la Agencia Internacional para la Energía, que ha utilizado como muestra 13 países africanos, el alza del petróleo ha tenido como efecto la baja en un 3% del ingreso medio. Esto representa una suma mayor que el incremento habido en la ayuda extranjera recibida en los últimos años y abre la vía para una nueva crisis en esos países.
¿De dónde viene el dinero obtenido como préstamo por Bush para hacer la guerra en Iraq? Stiglitz afirma que el porcentaje de ahorro en EE.UU. es actualmente cero. Lo que significa que el dinero obtenido como préstamo tiene que venir de fuera, ya que su país tiene un déficit tal que el gobierno no puede obtener el dinero de sus propios bancos.” Cuando Merryl Lynch y Citybank tienen un problema, tienen que acudir a los fondos soberanos extranjeros (China, entre otros)...De manera que los grandes accionistas de Citybank se encuentran en Oriente Medio. Este debería ser llamado MidEast bank no Citibank”.
Según Stiglitz es una locura permanecer en Iraq más tiempo ya que eso lo que hace es debilitar aún más la economía norteamericana. Sugiere salir de allí lo más rápido posible y de la manera más digna y utilizar el medio trillón de dólares que costaría permanecer dos años más en Iraq, en inversiones para fortalecer la economía norteamericana y en ayudar a los iraquíes a reconstruir su país. Como ha afirmado el candidato presidencial Obama, la guerra de Iraq es una "guerra estùpida", nefasta para los ciudadanos de Estados Unidos y para los del resto del mundo.
Bruselas, 1 de marzo de 2008